Jason Molina – Let Me Go, Let Me Go (2006)
Hay discos que parecen escritos en voz baja, como si cada canción guardara una tristeza demasiado íntima para ser pronunciada. En Let Me Go, Let Me Go, Jason Molina nos acerca a ese territorio frágil donde la soledad y la ausencia se confunden con la propia vida.
Su voz, austera y quebradiza, y la desnudez de sus canciones construyen una atmósfera de melancolía profunda. No hay necesidad de grandes arreglos ni de palabras grandilocuentes: alcanza con esa guitarra que acompaña, con silencios que pesan y con una emoción que nunca busca disimular sus heridas.
Escuchar a Molina es, de algún modo, sentarse junto a alguien que intenta comprender sus propias sombras. Un trabajo íntimo y conmovedor, donde la tristeza no pide consuelo, sino apenas un poco de compañía.





